martes, 30 de noviembre de 2010

Procastinación



Siempre recostada en mi lugar, la observaba atentamente.

Ella parecía afectada por el tiempo, por sus palabras. Tenía en su rostro la expresión del silencio desgajado, de las palabras pronunciadas a destiempo, del grito a los cuatro vientos de un murmullo que debería haber permanecido oculto.
Ella caminaba por la calle.
Paso cansino. Manos temblorosas. Ojos húmedos.
A la vista, se mezclaban la ansiedad y la fatiga, las ganas y el desprecio, el alivio y el arrepentimiento.
Yo la veía desde lejos, como quien mira a un extraño. Sin nada para decirle. Era la primera vez que yo estaba ahí.
Desde mi lugar la escuchaba murmurar:- “Mejor la honestidad que el silencio”.

Quizás se equivocaba.  A veces, el silencio es lo más honesto.  La honestidad podría ser la limosna que te ofrece el destino cuando te desarma el corazón.  Si es que existe el destino.

- No siente nada – habían opinado.
- Tiene miedo - le habían dicho.
- No sabe - le habían afirmado.
- No puede - habían concluido.

- No soy nada para ella - sintió.
Y calló a las otras voces.

Yo seguía mirándola. Había ahí cierto brillo que era mío.
Seguí sus pasos durante algunos metros. Quizás habría preferido sentarse, pero siguió caminando. Sus piernas se doblaban a cada paso. Un esfuerzo sobrehumano la ayudaba a mantenerse en pie.

Podía decirse por su rostro que durante días debía haber estado buscando la forma de articular el caudal que le corría por las venas y los poros. Aquella sensación que abroquelaba los túneles y las estaciones, los mares y bahías, que le estremecía el cuerpo. Noches imaginando que besaba otros labios, que tocaba otra piel. Semanas pensando en ella. En respetar. Es dejar ir.

Pero esa tarde el momento había llegado. Su corazón agitado hacía temblar sus labios, su pecho, sus ojos se movían, no podían mantener la mirada. Su cigarrillo consumía las ansiedades, pero también su respiración. Sentía que se ahogaba. Ponía en presente sus temores más antiguos, sus verdades más silenciadas. Tyché.
Allí estaba su espejo.

-¿Qué pasa? – le preguntó.
- Me pasás vos - dijo.

El silencio fue su respuesta.  En la garganta le quedaron cientos de miles de minúsculos fonemas sin articulación. Cientos de palabras amontonadas en un rincón que ya no vería. Su cuerpo alborotado, su corazón alucinando, sus manos esperando otras manos. No sentía nada. Aunque todo pesaba en ella.
Vacío. Esa era la sensación que la llenaba.

- ¿Qué voy a hacer ahora? - pensó.
Rechinar los dientes. Volver. Retomar. Esperar. Ansiar. Redactar. Buscar.
Olvidar.
-Aclaremos las cosas – le dijo.
-¿Cuándo te vuelvo a ver? – preguntó
-Yo te aviso – respondió.
Y decidió dejarla ir. Respetó su silencio, estrujó su corazón. Palidecieron sus mejillas.  Se agolpó toda la sangre en su pecho. Y ahí comenzó a caminar.
Desde ese momento la sigo. Parecía no saber a dónde ir. Se subió a un colectivo, y yo me subí con ella.


Abrí los ojos.
Intentar seguir cada uno de mis movimientos esa noche podía resultar algo bueno.  Me levanté, prendí un cigarrillo y con una sonrisa, disfruté el fin de mi procastinación.

domingo, 28 de noviembre de 2010

The Beatles -Let It Be



And when the broken hearted people living in the world agree, there will be an answer.
Let it be.
For though they may be parted there is still a chance that they will see, there will be an answer.
Let it be.
Let it be.